Milonga del corrector

Posted by | abril 29, 2013 | Blog | No Comments
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Por Mauro Cadove

A un corrector le dan un texto y tiene que corregirlo. De ahí el nombre: corrector.

Hay correcciones ortotipográficas, correcciones de estilo y, si se trata de una traducción, correcciones de la traducción. En algunas editoriales, cada corrector se encarga de una cosa; en otras, el corrector es corrector y nada más, o sea, corrector por triplicado. En este último caso, la editorial suele ser comprensiva. Corregir es corregir, le dicen al corrector, pero tampoco nos volvamos locos, porque aquí se paga una miseria: pongamos que unos setenta y dos céntimos de euro por cada mil matrices —o «caracteres (con espacios)», Word dixit— si se corrigen las primeras pruebas en un procesador de textos, y alrededor de cincuenta y cinco si se trata, como sucede más a menudo, de galeradas, es decir, de segundas pruebas en papel.

Lo que se espera del corrector es relativamente sencillo: subsanar los pequeños desajustes de formato —guiones de tamaños diferentes por aquí, comillas sajonas en lugar de castellanas por allá, dos espacios seguidos donde menos te lo esperas— o los típicos despistes, tildes rebeldes por lo general, que se le hayan escapado al autor. Ah, y vigilar bien que todas las referencias bibliográficas, si el texto las tiene, mantengan el mismo esquema; percibir y neutralizar las repeticiones de palabras y las asonancias cantarinas; peinar la puntuación y ajustar la ortografía en los diacríticos; contener ciertos usos poco elegantes del gerundio; moderar el empleo exagerado de leísmos o adverbios en –mente; acomodar los tiempos verbales; unificar los topónimos y los antropónimos; detectar las oraciones ambiguas y cambiar de orden, si fuera necesario, ciertos sintagmas; castigar el abuso de los pronombres relativos; etcétera. Leer, en suma, y leer de modo cuidadoso e inteligente, y volver atrás todas las veces que haga falta para remediar los descuidos del traductor, si se trata de una traducción, porque no puede ser que un coche sea granate durante toda la novela y de repente, en la página 146, se haya vuelto corinto. O bueno, tal vez sí pueda ser, y para eso conviene cotejar el texto con el original inglés, o francés, o ruso, que también le han dado al corrector, junto con un archivo en PDF para que le sea más sencillo encontrar todo lo que busca, y mirar a ver qué pasa allí, y señalar a quién se debe el resbalón, en caso de que lo haya. Como sepa inglés, francés o ruso y se le ocurra echar un vistazo más largo al original, el corrector está perdido: probablemente encontrará distintas separaciones de párrafos, criterio diferente en las comillas y las cursivas o incluso alguna frase extraviada. Todo eso también lo apuntará, por si acaso.

Así, el trabajo del corrector también consiste en anotar, bien con lápiz al margen en las galeradas, bien mediante la inserción de un comentario en amarillo si se trata de un archivo de Word, que alguien no puede estar a la vez melancólico y rabioso, y que un rizo no puede ser lacio. Un corrector tiene que darse cuenta (para eso es corrector) de que sun dog no es perro solar, tal y como aparece en el texto que le han dado, sino parhelio; y quemitrado no significa ‘que usa mitra’, sino ‘que puede usar mitra’, por lo queobispo mitrado se convierte en pleonasmo. Debe intuir que ese sustantivo tan raro, dadas, ha de ser una mala traducción de données, y entonces lo reemplazará por ideastemasbases o datos. Debe preguntarse por qué cierto personaje tutea a otro en la página 24 y luego, en la 57, lo llama de usted; debe, tras leer un su ambiguo, revisar el original y rehacer la frase para que no quepa ninguna duda de que la cabeza que levanta la protagonista es la suya propia y no la de su primo, que estaba tumbado en el suelo.

El corrector no está demasiado tiempo en contacto con la obra que le ha tocado corregir; en cuatro o cinco días terminará una novela de trescientas páginas. Esto supone una ventaja con respecto al traductor, que a lo largo de los meses ha podido olvidar que lo que una vez, en el primer párrafo de la novela, tradujo como mugre se ha convertido, en el penúltimo capítulo de la obra, en porquería, cuando el original utilizaba, en ambos casos (bastante simbólicos, además), el mismo término. Pero un corrector, además de ser un lector especializado, es también un lector común, en principio ajeno al texto original y a todo cuanto lo rodea. Así, para un traductor del serbio, el sustantivo ustacha no necesita explicación; quizá para un lector no familiarizado con la historia de los Balcanes sí sea recomendable incluir la voz en ese glosario que el traductor ya había decidido añadir al final del texto. El corrector, entonces, puede sugerir novedades o modificaciones en los catálogos y las notas.

Como dijo el poeta, una traducción jamás se termina; se entrega, como mucho. Al corrector le pasa algo así. A veces le toca corregir un texto bueno, o al menos un texto que le interesa y que además estaba relativamente limpio; entonces tiene buena suerte. Otras veces le dan un texto que no le gusta y que además está lleno de fragmentos que no se entienden, oraciones inconclusas, comillas que se abren y no se cierran y errores de traducción por todas partes; entonces tiene mala suerte. En ambos casos, llega el momento en que el corrector da por terminado su trabajo y se lo entrega al editor.

Y entonces comienza la segunda parte.

 

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