El mejor traductor, 3: la traducción literal Vs. la literaria.

Posted by | octubre 05, 2019 | Textos | No Comments
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Un traductor no se limita a trasladar un texto de un idioma a otro. Una palabra puede tener distintos significados,
o pueden elegirse distintas palabras para expresar lo mismo; es el contexto y la intención que se le  intuye al
autor lo que nos encauza hacia unas palabras y no otras.

Un programa informático de traducción, por avanzado que sea, siempre tendrá problemas para identificar el
contexto, la intención, lo que se intuye; una base de datos nunca podrá abarcar la totalidad de lo que se quiere
expresar, se aturullará con el humor, con los juegos de palabras, con la emoción. En su famoso ensayo «La
nueva mente del emperador», el profesor Roger Penrose dejó establecido que la inteligencia artificial es una
quimera irrealizable. Es algo con lo que yo estoy de acuerdo. Construir una máquina consciente y pensante
implica entender y aprehender cómo funciona el órgano más complejo que jamás haya existido: el cerebro
humano. Y eso es algo, por el momento, fuera de nuestro alcance. No se engañe: los neurólogos y los
psiquiatras están abrumados por lo difícil que resulta su tarea. Por cada respuesta fiable que encuentran, les
surgen diez preguntas nuevas.

El traductor, por tanto, debe atesorar un buen conocimiento de la cultura del texto de origen para así poder
adentrarse en el metalenguaje, en las oscuras oquedades del significado. Por ello la traducción literal resulta
empobrecedora: porque al santificar el significante se pierde toda la riqueza del significado. E incluso, desde el
punto de vista meramente formal, las traducciones son erróneas. Un texto en castellano atestado de formas
pasivas está gramaticalmente mal, por mucho que se haya trasladado la literalidad del texto francés. Hay una
exigencia ineludible de adaptar el idioma de origen a las formas y reglas del idioma de destino, sin que se pierda
la esencia creadora que inspira el texto original.

¿Que no es fácil? Por eso no existe una computadora capaz de hacerlo.
En ocasiones, el traductor se detiene en su trabajo y necesita que le venga la respuesta. Es una espera difícil de
explicar; sabe que tiene la clave, pero necesita de un instante de inspiración para encontrarla. ¿Cómo
podríamos programar en un software la intuición, la pausa? ¿Cómo podríamos insertar en lenguaje informático
la necesidad de salir a la calle, de distraer el cerebro en cosas aparentemente inconexas con el trabajo de
traducción, de aprovechar el bagaje de una vida no sólo profesional sino, por encima de todo, personal, para
hacernos mejores traductores con los años?
Bertrand Russell decía que tenía la certeza de que una formulación matemática era correcta antes de hacer la
comprobación ¿Cómo lo sabía? Por su belleza. Había una sensación de plenitud y de coherencia interna de la
que se embebía la fórmula. Y esa certeza le llegaba al instante. Todos hemos sentido lo que Henri Bergson
llamaba «aliento vital» o Abraham Maslow «instantes de flujo»: una experiencia brevísima en la que el tiempo se
detiene y se alcanza una sensación reconfortante de plenitud y paz. En la traducción sucede: ésa, y no otra, era
la palabra, la frase que el texto requería. La he encontrado porque soy traductor, porque tengo como oficio el
encontrar maneras de darle nueva vida a lo que ya está vivo.
Soy un buscador de tesoros maravillosos: de palabras.
Y, sin embargo, el traductor no crea la obra. El texto, literario, comercial, técnico o jurídico, sólo tiene un autor.

Un traductor puede sentir la necesidad de «mejorar» el texto tal y como le llega. Pero, al igual que un corrector
de estilo apenas afina la melodía de manera que sea formalmente correcta, un traductor intenta transponer las
intenciones del autor de manera que sea comprensible para su propia cultura. Se convierte así en la voz del
autor, cierto, pero no es el autor. Tiene el encargo de llegar a conocer las intenciones de quien creó la obra,
desentrañar los riesgos que ha asumido, las sensaciones que asoman, la sutil descripción de un lugar o un
personaje… pero hablamos de un universo simbólico ya creado.
La traducción literal es peligrosa. La traducción libremente literaria lo es también. Encontrar el justo medio, la
medida de lo que el texto requiere, es una tarea que el buen traductor debe asumir como condición inexcusable.
Antonio Carrillo Tundidor

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